El sonido del helicóptero se percibió antes de que éste apareciera en el aire. La solitaria muchacha miró hacia arriba, con el rostro oculto entre las sombras. Una larga escalera de cuerda cayó a unos metros de distancia, y tan solo unos instantes después, el llameante cabello anaranjado de la chica estuvo revoloteando frente a ella. Ahora que las dos estaban presentes, era hora de empezar.
Tea Party
Nami se dejó caer en la silla vacía. Llevaba una increíble campera de cuero, una musculosa violeta y una pollera de jean. Su pelo, que hace tiempo había dejado atrás la línea de los hombros, estaba atado en dos coletas altas, hacia atrás. La chica se cruzó de brazos, sin molestarse en cerrar las piernas, y miró a la dueña de casa con expresión aburrida.
-¿Siempre te vistes de esa manera?-fue lo único que dijo.
-Lo mismo podría decir de ti… ¿qué tan necesario era el helicóptero?-inquirió la chica a la que se enfrentaba, Marian. Nami abrió los ojos sorprendida mientras sus mejillas adquirían algo de color, luego, simplemente desvió la mirada enfurruñada, como hacía cada vez que una conversación no seguía el ritmo que ella quería.
-Mucho.
-Vale…-suspiró Marian.
-Lo mismo podría decir de ti… ¿qué tan necesario era el helicóptero?-inquirió la chica a la que se enfrentaba, Marian. Nami abrió los ojos sorprendida mientras sus mejillas adquirían algo de color, luego, simplemente desvió la mirada enfurruñada, como hacía cada vez que una conversación no seguía el ritmo que ella quería.
-Mucho.
-Vale…-suspiró Marian.
Nami miró a Marian de reojo. A decir verdad, no había mucho que ver. Una capucha roja dejaba su rostro a oscuras y no podía percibir los rasgos de la muchacha, aún así, sin saber por qué, la pelinaranja podía imaginarse perfectamente el rostro de su acompañante. Un cabello de tonalidades castañas, piel pálida y unos expresivos ojos oscuros, marrones. Nariz respingada y poco color en las mejillas. También había flequillo peinado hacia un costado, ocultando parte de su rostro. Nami negó con la cabeza, era la primera vez que veía a aquella persona en toda su vida, y aún así se sentía como si la conociese desde siempre; tampoco le era difícil saber que la ermitaña a diario vestía esa larga capa de terciopelo rojo, que cubría casi todo su cuerpo, aunque ahora, echada hacia atrás, le permitía divisar un vestido verde que parecía sacado de la edad media.
-Entonces… ¿para qué me llamaste?-preguntó Nami.
-Quería conocerte, charlar un poco contigo, después de todo… nosotras no tenemos nada que ver pero a la vez todo.
-No tengo tiempo para adivinanzas-replicó la invitada, a lo que la castaña suspiró. Un silencio se produjo entre ambas y pudo sentir los ojos de Marian clavados sobre ella, era algo inquietante-. Así que… ¿vives aquí?
-Así es-asintió, utilizando un tono suave de voz-. No me gusta andar cerca de la gente, hay tanto ruido allí afuera… prefiero la tranquilidad, la soledad… tú sabes de qué estoy hablando.
-A decir verdad… no-repuso, y la otra se encogió de hombros.
-Pienso que eres una persona muy interesante Nami… ¿pero sabes? Te he llamado aquí porque estoy preocupada por ti.
-¿Por qué habría de preocuparse por mí una extraña?
-Creo que en el fondo sabes la respuesta. Pero… siempre me he preocupado por ti, después de todo, si tú te extingues, yo también lo haré, el fuego que nos alimenta a ambas es uno mismo y…
-¡Ya basta de tonterías!-exclamó Nami poniéndose de pie-. No tengo tiempo para estas tonterías… ¿tomar el té? No es lo mismo, tengo muchas cosas que hacer, tengo que alistarme y encontrarme con mis amigos en media hora, iremos a…
-¿Amigos? Es eso a lo que me refiero. ¿Qué amigos?
-Mis amigos.
-El término “amigos” puede abarcar muchas cosas, sobre todo para una persona tan hipócrita como tú-Marian se puso de pie lentamente y caminó hacia ella, sus pasos no se escuchaban sobre el suelo cubierto de nieve, cosa que le produjo escalofríos a Nami-. Sabes actuar perfectamente pero… ¿hasta cuándo durará tu pequeña treta? ¿Cuánto tiempo llevas riéndote de los demás a sus espaldas? Poco a poco voy ganando poder y eso logra que te aplaques pero… me preocupa el hecho de que te quedes sola. Por más que intentes ignorarlo, mucha gente te detesta, incluso yo te odio en cierto sentido… si no estuvieses aquí, yo lo sería todo.
-Pero no puedes vivir sin mí.
-Lo sé-concedió la castaña; y acarició la mejilla de Nami. La piel de Marian estaba fría-. Es por eso que me preocupo por ti.
-Pues… no eres la única-por más que la expresión de la rebelde se mostrara enfadada, Marian pudo percibir un atisbo de compasión en sus ojos-. Sola, aquí, en el medio de un bosque solitario, donde el invierno nunca termina… te dedicas a deambular en soledad y silencio, intentando pasar desapercibida ante los ojos de los demás… el contacto con la gente te asusta. Por lo menos yo tengo el valor de salir a la luz y mostrar quién soy, cosa que tú no harás jamás por cuenta propia.
-Es por eso que tu existencia es tan valiosa para mí-la capucha de Marian resbaló hacia atrás, mostrando el rostro de la chica-. No digo que seas una bruja, tan solo… no me agrada que juegues con las personas.
-Entonces permanece aquí y ruega por mí, gana poder y hazte con el control.
-Quería conocerte, charlar un poco contigo, después de todo… nosotras no tenemos nada que ver pero a la vez todo.
-No tengo tiempo para adivinanzas-replicó la invitada, a lo que la castaña suspiró. Un silencio se produjo entre ambas y pudo sentir los ojos de Marian clavados sobre ella, era algo inquietante-. Así que… ¿vives aquí?
-Así es-asintió, utilizando un tono suave de voz-. No me gusta andar cerca de la gente, hay tanto ruido allí afuera… prefiero la tranquilidad, la soledad… tú sabes de qué estoy hablando.
-A decir verdad… no-repuso, y la otra se encogió de hombros.
-Pienso que eres una persona muy interesante Nami… ¿pero sabes? Te he llamado aquí porque estoy preocupada por ti.
-¿Por qué habría de preocuparse por mí una extraña?
-Creo que en el fondo sabes la respuesta. Pero… siempre me he preocupado por ti, después de todo, si tú te extingues, yo también lo haré, el fuego que nos alimenta a ambas es uno mismo y…
-¡Ya basta de tonterías!-exclamó Nami poniéndose de pie-. No tengo tiempo para estas tonterías… ¿tomar el té? No es lo mismo, tengo muchas cosas que hacer, tengo que alistarme y encontrarme con mis amigos en media hora, iremos a…
-¿Amigos? Es eso a lo que me refiero. ¿Qué amigos?
-Mis amigos.
-El término “amigos” puede abarcar muchas cosas, sobre todo para una persona tan hipócrita como tú-Marian se puso de pie lentamente y caminó hacia ella, sus pasos no se escuchaban sobre el suelo cubierto de nieve, cosa que le produjo escalofríos a Nami-. Sabes actuar perfectamente pero… ¿hasta cuándo durará tu pequeña treta? ¿Cuánto tiempo llevas riéndote de los demás a sus espaldas? Poco a poco voy ganando poder y eso logra que te aplaques pero… me preocupa el hecho de que te quedes sola. Por más que intentes ignorarlo, mucha gente te detesta, incluso yo te odio en cierto sentido… si no estuvieses aquí, yo lo sería todo.
-Pero no puedes vivir sin mí.
-Lo sé-concedió la castaña; y acarició la mejilla de Nami. La piel de Marian estaba fría-. Es por eso que me preocupo por ti.
-Pues… no eres la única-por más que la expresión de la rebelde se mostrara enfadada, Marian pudo percibir un atisbo de compasión en sus ojos-. Sola, aquí, en el medio de un bosque solitario, donde el invierno nunca termina… te dedicas a deambular en soledad y silencio, intentando pasar desapercibida ante los ojos de los demás… el contacto con la gente te asusta. Por lo menos yo tengo el valor de salir a la luz y mostrar quién soy, cosa que tú no harás jamás por cuenta propia.
-Es por eso que tu existencia es tan valiosa para mí-la capucha de Marian resbaló hacia atrás, mostrando el rostro de la chica-. No digo que seas una bruja, tan solo… no me agrada que juegues con las personas.
-Entonces permanece aquí y ruega por mí, gana poder y hazte con el control.
Permanecieron en silencio un instante, mirándose a los ojos, hasta que finalmente se abrazaron. El ruido del lejano helicóptero y la brisa del viento era lo único que se escuchaba. Ante la mesa de té se sentaba una joven de cabello castaño, vestida con una campera de cuero negra, una musculosa violeta y una pollera de jean. Su rostro era un misterio, detrás de esa sincera sonrisa se escondían mil verdades.
El sonido del helicóptero fue haciéndose más claro a medida que se acercaba. La muchacha apuró un último trago de té y sonrió con satisfacción. Una escalera de cuerda descendió a unos metros de ella. La castaña caminó y se aferró a ella, comenzando a subir lentamente. Y de pronto, ya no había nadie allí.
FIN
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