sábado, 3 de diciembre de 2011

La Princesa y el Dragón

El sol se asomaba por detrás de las montañas del este al momento de mi partida. Tenía muy en claro cuál era mi misión y sabía que no pararía hasta lograrla, ¿qué clase de príncipe sería entonces? Monté sobre mi caballo y sujeté las riendas con firmeza. De pronto me encontraba galopando a gran velocidad a campo abierto, dejando atrás las murallas y la protección de mi reino. Había decidido partir solo por cuestiones de honor, un caballero debía valerse de sí mismo y de su astucia para rescatar a una princesa, y aquella princesa a la que iba a rescatar se había ganado mi corazón.


Una leyenda había llegado a mis oídos por parte de los juglares, últimamente los cantos acerca de una princesa custodiada por un salvaje dragón se entonaban por todo mi reino, y, por tal, habían llegado a mis oídos. Aquella melodía había conmovido mi corazón, y desde el momento en el que aquel hombre que narraba la historia entonó la última nota, me propuse rescatar a la princesa. Sabía que el camino era largo y que tarde o temprano tendría que enfrentar a la gran bestia., también sabía que muy pocos caballeros lograban salir airosos de un enfrentamiento como ese, pero nada me importaba, como fiel enamorado, mi ciego corazón no hacía más que pensar en tenerla entre mis brazos.

El castillo era inmenso y parecía no tener fin. Tras días de haber cabalgado me encontraba agotado, pero ya nada podía detenerme, estaba decidido a obtener lo que quería y, de esa forma, cumplir mi más preciado deseo. No había señas del dragón por lo que, sin atreverme a bajar la guardia, me adentré en el castillo. De pronto escuché un rugido y, al voltear, allí estaba la gran bestia, imponente frente a mí. Fue un combate de vida o muerte, sabía que no podía fallar, no podía dejar a mi bella princesa en las manos de aquel monstruo. Tomé mi espada con fuerza, dando estocada tras estocada, aferrándome a la vida. Nunca había tenido un combate así, por más que yo era valiente y era consciente de mi gran poder, sabía que el haber luchado contra miles de hombres no era nada en comparación a esto. Vencí. Cuando mi espada se hundió en el cuerpo de la bestia, atravesando su corazón, lancé un grito de victoria, quizás fue eso lo que alertó a mi princesa, pues momentos después sus pasos se escucharon a mi espalda.

Quedé maravillado con su belleza, nunca había visto una criatura tan frágil ni tan hermosa. Finalmente obtenía mi recompensa después de tanto esfuerzo. Ella corrió hacia mí y yo abrí mis brazos para poder estrecharla con fuerza, seguro de que las lágrimas que brotaban de sus ojos eran de felicidad, pues yo, su caballero, le había brindado la libertad. Realmente me sorprendí cuando pasó por mi lado y se dejó caer junto al fallecido dragón, abrazándose a su cuello.

-¿Qué has hecho?-preguntó entre sollozos.
-Mi bella princesa, yo he venido desde muy lejos con la sola misión de rescatarla-respondí, haciendo uso de mi galantería. Hice una reverencia ante mi preciosa dama y sonreí-. No temas, la criatura está muerta y ya no podrá dañaros, tenga por seguro que yo la protegeré por siempre, lo juro por mi noble corazón.
-¿¡Temer!? ¿¡Dañaros!?-exclamó la princesa, con el corazón partido-. ¡Disculpe usted, valiente caballero, pero ha matado a mi amigo!

Las palabras que ella pronunció resonaron en mí y la miré sin comprender. Lo único que yo había hecho era salvarla de su martirio, entonces… ¿por qué me gritaba?

-No os preocupéis, bella dama-dije, sonriéndole, y tomé su mano para ayudarla a ponerse de pie-. Es hora de partir a mi reino, donde todos nos aclamarán. Seréis muy bien recibida allí, no tenéis de que preocuparos.
-Ustedes los príncipes son todos iguales, no piensan en nadie más que en ustedes. Van por allí rescatando damiselas en apuros sin preguntarse cuáles son sus verdaderos sentimientos. El dragón que usted ha matado, “la bestia”, era mi protector, mi amigo, y usted ha osado matarlo-me recriminó-. ¡Pues bien caro le ha costado! Váyase de aquí y no vuelva.

Al escuchar las palabras de mi bella princesa no tuve más opción que partir con el corazón hecho pedazos. No entendía el por qué de mi fracaso, lo único que sabía en ese momento era que sus palabras se habían grabado a fuego en mí.


Nunca imaginé lo pronto que todo cambiaría. Fue cuestión de días, los juglares ya no cantaban más canciones acerca de una princesa encerrada en una torre, ahora relataban historias acerca de una doncella, de ojos tan brillantes como la luna, que se había quitado a sí misma la vida para permanecer fiel a la palabra de estar para siempre con su mejor amigo, el dragón.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario