lunes, 5 de diciembre de 2011

La Noche de los Sueños

Las campanadas de la medianoche se escucharon en la lejanía, provenientes de algún lugar ajeno al instituto. Alec miró por la ventana de su habitación. Estaba echado en la cama, sin sueño y sin ánimos de nada en particular. Últimamente las cosas habían sucedido de manera tan acelerada que no se había percatado del paso del tiempo… y el día había llegado, su cumpleaños.

Probablemente en un par de horas debía levantarse, fingiendo estar de buen humor, para complacer a su hermana, quien lo invitaría a festejar la fecha en algún boliche o, como segunda opción, en algún lugar para comer. Pero Alec no estaba de buen humor, a decir verdad, sentía que si no encontraba una distracción pronto, terminaría matando a alguien… y tenía muy en claro quién sería su primera opción.


Todo era culpa de esa mundana. Clarissa Fray había llegado al instituto hace un par de días. En un comienzo habían creído que era una simple mundana, pero no, las cosas nunca resultaban simples en aquel mundo. Al final aquella muchacha, a quién habían visto por primera vez en el Pandemonium y le había dejado una muy mala impresión, había resultado ser la hija de Jocelyn Fray, una cazadora de sombras, como ellos, que antiguamente había sido la esposa de Valentine, antes de que todos lo creyeran muerto desde luego. Desde su llegada no habían tenido más que problemas: en primer lugar habían tenido que regresar a su casa por un par de cosas para ella, una mala idea, luego estaba todo ese rollo de los hermanos silenciosos, quienes jamás habían agradado al joven, de hecho lo ponían nervioso. Ahora resultaba que la chica tenía un bloqueo mental que ni los hermanos silenciosos podían sortear, pero eso no era todo: Jace no había tenido mejor idea que ir a ver a Magnus Bane, guiándose por el hecho de que aquel nombre era lo único que habían conseguido vislumbrar en la entrañada mente de la mundana, y habían terminado en una fiesta organizado por éste a la que habían asistido toda clase de seres, incluso vampiros. No podía negar que le había hecho gracia la escena que habían montado los bebedores de sangre ante la broma que él y su amigo les habían jugado, después de todo, siempre había querido averiguar qué sucedería si le echabas agua bendita a una moto que funcionaba con energía demoníaca.

Pero aquello… nada de eso le preocupaba genuinamente a Alec. Aquella mundana podía ir y venir de la manera en que quisiera. Lo que en verdad lo lastimaba era la manera en la que Jace actuaba con ella, la manera en la que miraba. Era la primera vez que Jace actuaba de aquella manera tan libre en presencia de otras chicas, era sencillamente encantador y él moría por que el muchacho actuara de la misma manera con él, aunque no eran más que vanas ilusiones, sabía que aquello jamás pasaría, después de todo su relación era una relación de hermanos… en la que uno de los dos amaba secretamente al otro. No le costaba imaginarse la manera en la que reaccionarían sus padres si se enteraran de aquello, él mismo no lo consideraba como algo normal, después de todo, una cosa era ser gay, que le gustaran otros hombres, y otra cosa totalmente distinta era que estuviese perdidamente enamorado de Jace. Sí, la vida no era sencilla para Alec.


Unos golpes interrumpieron el hilo de sus pensamientos pero no se molestó en responder. Sabía que era su hermana quién buscaba su compañía. Se mordió el labio inferior reprimiendo un suspiro. Al regresar de la fiesta un pequeño inconveniente había ocurrido, la mundana había perdido a su mejor amigo, quién había sido convertido en rata porque Izzy no había sido lo suficientemente responsable como para cuidar de él en una fiesta como aquella, cosa que no le extrañaba, era cuestión de tiempo para que su hermana se aburriera del mundano y lo mandara a juntar trigo. Todo podría haber salido bien, habrían podido trazar un plan para rescatarlo sin problemas, después de todo, cuando actuaban juntos, Jace y Alec eran invencibles, ¡pero no! Jace había pasado de él, simplemente había tomado a la chica de la mano y se había marchado sin más, diciéndole a él y a su hermana que se adelantaran… y aún no volvían.

-Alec-lo llamó Isabelle a la vez que abría la puerta. Sus botas sonaban en el suelo una y otra vez, mientras su hermana permanecía apoyada en el marco de la pared con un dejo de impaciencia-. ¿Todo en orden?-inquirió la atractiva muchacha, en lugar de felicitar a su hermano.
-¿Te parece?-preguntó él a modo de respuesta.
-Después de la forma en la que entraste al instituto y te encerraste aquí… diría que no-dijo ella, suspirando. Avanzó unos pasos y se sentó en el borde de la cama de su hermano, aunque, a pesar de estar sentada, sus zapatos continuaban produciendo aquel ruido de impaciencia contra el piso. Finalmente se cruzó de piernas y miró a Alec-. ¿Quieres hablar?
-¿Crees que esté bien?
-¿Jace?
-¿Quién más podría ser?-en esta ocasión, Alec volvió su rostro y fijó sus ojos en los de su hermana-. Si yo estuviese allí con él no habría ningún problema pero… en lugar de ello está con esa mundana. Nada más nos trae problemas, creo que debería irse de aquí.
-Quieres decir que estás celoso de que Jace le ponga más atención a ella que a ti-repuso Isabelle, con una media sonrisa plasmada en sus labios.
-Yo no dije eso.
-Mírame a los ojos y niega que es así-replicó la muchacha, a lo que su hermano simplemente le dio la espalda, molesto.
-Déjame en paz-dijo simplemente.
-Escucha Alec… él estará bien, no te preocupes, ya verás que regresará sano y salvo, tan solo… intenta dormir un poco-aconsejó Isabelle, para luego salir de la habitación, dejando a su hermano nuevamente solo.


Estaba amaneciendo ya y él aún no podía pegar un ojo. Jace no había regresado todavía y todo estaba demasiado tranquilo… la tranquilidad lo ponía frenético. Tras dar un par de vueltas por su habitación y chequear la ventana una última vez se encaminó hacia la biblioteca. Los ojos le ardían y reclamaban un par de horas de descanso, pero el sueño no llegaba y Alec no pensaba dormir hasta que Jace regresara.


Su habitación era un estropicio. El día había pasado increíblemente rápido y ya estaba atardeciendo. Jace había regresado, pero aún así estaba más molesto que aliviado, y, como siempre, todo era culpa de Clarissa Fray. El estado en el que Jace había llegado era inconcebible. A pesar de todo había logrado reprimir su ira y había pasado el día junto a su amado, cuidando de él, hasta que su hermana lo había mandado a descansar tras una larga noche en vela.

Miró a su alrededor. Luego de perder los estribos por culpa de los mundanos, se había encerrado en su cuarto y roto un par de cosas, ahora todo era un desperdicio, tendría que limpiar más tarde. Ignorando el desorden se quitó los pantalones, la remera y se tiró a la cama en ropa interior, con demasiada flojera como para cambiarse. No supo cuanto tiempo estuvo mirando el techo, pero el cansancio acumulado se impuso en él y en algún momento no pudo hacer más que caer dormido.


Un sensual cuerpo bailaba ante él, quien permanecía sentado en un cómodo sillón de terciopelo. El apretado pantalón de cuero marcaba los fortalecidos glúteos del hombre, los cuales no dejaban de moverse al ritmo de la música. Levantó la vista pero el hombre continuaba dándole la espalda. Estaba en el piso de Magnus, de eso estaba seguro, reconocía aquel lugar tan solo con ver la purpurina regada por el suelo y el desorden presente en la habitación.
-¿Magnus?-preguntó Alec, con vos dubitativa.
-¿Magnus?-respondió una voz, y, al reconocerla, Alec se tensó totalmente en aquel pequeño sillón. De pronto el cabello del hombre que bailaba frente a él adquirió un tono dorado del que los mismos ángeles estarían celosos y finalmente volteó a verlo, sin dejar de bailar-. Soy yo Alec, Jace.


-Jace-repitió Alec, para luego abrir los ojos sobresaltado.
-¿Sí?-lo sorprendió una voz a su lado. Su corazón se aceleró al ver al muchacho a su lado, mirándolo con curiosidad. Tuvo la seguridad de que sus mejillas se habían tornado rojas-. ¿Qué sucede?
-N-nada… tan solo me… sorprendiste, eso es todo-respondió el morocho, intentando recuperar un poco la paz de sus sentidos.
-Vale, vale, nada pasa, como digas.
-¿Cómo están tus heridas?
-Ya estoy bien, y necesitaba salir un poco de la enfermería, Izzy es una pesada-suspiró, luego miró a su amigo, quien permanecía acostado en la cama, mirándolo-. Hazte a un lado.
-¿Qué?
-Muévete-lo apremió Jace, metiéndose en la cama a su lado. No pudo reprimir una risita-. Hace mucho que no hacíamos esto-dijo-. Recuerdo la vez que me dijiste que te ponías nervioso cuando dormía contigo porque, según tú, roncaba y no te dejaba dormir.
-Lo que es cierto-afirmó Alec, mirando el techo sintiendo como su corazón se aceleraba aún más.
-Claro que no, yo no ronco-bufó el rubio.
-Eso es lo que tú crees-le recriminó Alec, y luego ambos estallaron en carcajadas como cuando eran pequeños-. Debo decir que extrañaba esto.
-Lo sé, yo también. Podríamos hacerlo de vez en cuando… relajarnos y disfrutar un momento juntos, claro que si no es un inconveniente para ti.

Un silencio se hizo presente entre ambos. Los dos chicos permanecían en la cama en la misma posición, con los brazos detrás de la cabeza, disfrutando del momento, cómodos el uno con el otro. Alec cerró los ojos unos momentos y luego, sin abrirlos, lo dijo.

-Soy gay.
-Lo sé-respondió Jace, con total naturalidad, a lo que el morocho, alarmado, abrió los ojos y se incorporó, volteando a verlo. El rubio sonrió con burlonamente y levantó una ceja-. Oh vamos, no puedo creer que pensara que no me había dado cuenta. Alec, ¿nos conocemos desde hace cuanto? Y por cierto, yo no ronco, tu sí.
-Pero…-tras recuperarse del shock inicial, una corriente de calor recorrió todo el cuerpo de Alec. El rojo de sus mejillas se volvió aún más intenso-. ¿Cómo es posible? ¿Por qué no me dijiste nada?
-No quería presionarte, estaba esperando a que tú decidieras decírmelo-explicó, encogiéndose de hombros.
-Entonces también sabes…
-También sé que te gusto-completó la frase.

Un nuevo silencio se produjo entre ambos, en esta ocasión sí, sumamente incómodo. Fue Jace quien lo rompió.

-Te concedo una noche, como regalo de cumpleaños-propuso.
-¿Estás seguro?
-Claro, después de todo tener sexo conmigo es una de las mejores cosas que te podrían haber pasado en la vida.
-Dios mío-suspiró Alec, golpeándolo suavemente en el pecho-. Tú siempre igual.
-Lo sé, soy irresistible-rió Jace-. Bien, ¿qué dices? ¿Listo para la noche de tus sueños?-inquirió, a lo que su acompañante meditó unos instantes.
-Vale, de acuerdo.


Alec se removió incómodo en la cama, negándose a abrir los ojos. Una patada por la espalda lo tomó por sorpresa,  tirándolo al suelo. Se sobó la cabeza mientras se incorporaba adolorido. Jace, completamente despatarrado, ocupaba casi la totalidad de su cama. Se puso de pie y se vistió, haciendo el menor ruido posible, pues no quería despertarlo. No fue hasta que estuvo completamente vestido y peinado que se dio cuenta de que había una tarjeta negra con letras violetas sobre su mesa de luz. La tomó y en un primer momento no reconoció la letra, aunque, tras leerla, su corazón comenzó a latir incesantemente y una sus labios se curvaron en una sonrisa.

-Buenos días-lo sorprendió la voz de Jace-. ¿Qué tal tu gran noche?
-Pésima-respondió Alec sinceramente, aunque ambos reían-. Eres el peor amante de la historia.
-Supongo que soy inmune a las relaciones con otros hombres-dijo el rubio, riendo.
-No te preocupes…-contestó Alec, apretando la tarjeta que había recibido contra su pecho-. Conozco a alguien que no lo es.

“Si buscas una verdadera noche de sueños, llámame.
Magnus”

FIN

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